
Hoy mi cabello está más enmarañado que de costumbre. Me lo confirmó el horrible espejo del trabajo, que no sólo es enorme, sino que tiene esas luces dicroicas blancas que resaltan todos los defectos, ojeras, manchas, pelitos mal depilados, puntos negros y cara de sueño. Creo que mi cabello sólo tuvo dos etapas en las que estuvo sereno, decente, correcto, y fue antes de los 5 años, y el tiempo que estuve rapada. Luego de eso (en ambos casos), paulativamente todos mi intentos de peinarlo, encremarlo, atarlo, trenzarlo, anudarlo, comenzaron a ser en vano. Mis ideas infantiles de ser una princesa se cayeron a medida que la genética hacia de las suyas. Ellas, todas hermosas y sedosas, aún las de cabello ondulado, no podían empatarse con mi desprolijidad. Ante tanta indiferencia y tras cortarle la cabeza a la Barbie, decidí no pelear contra la antigravedad y exploté en la adolescencia la porra majestuosa. La dejé libre, que creciera, se enrede, tomé vida propia, se meta en ojos y bocas ajenas. Dejé de ser una loquita del montón a ser un especie de nido de cabellos andantes, imposible de no identificar a más de 100 metros. Y descubrí que como todo ser vivo, tiene su naturaleza y carácter: cambiaba acorde a la humedad, a mis estados de ánimo (mis amigos podían saber si estaba enojada, rabiosa, con período, feliz, si había tenido sexo, si había perdido un trabajo, si había estado pintando...), se vengaba en verano por el calor enredándose en mis brazos, entrando por mi boca y torturándome la vista. La medusa, como la bautizaron los trasentúes sorprendidos, muchas veces no compartió el pacto de no molestarme (yo la bañaba y ella no jodía). La corté, la rapé durante un año, la dejé crecer, la decoloré, la volví naranja, la extrañé y volvimos a amigarnos. Nunca quisé ser princesa, nunca etendí porque mis amiguitas jugaban con las muñecas, se peinaban como Rapunzel y ostentaban un lacio perfecto. A mí me tocó ser la mala de las mitologías griegas, vengarme y que la porra salvaje enamorara, causara odios, broncas, asombro pero nunca indiferencia.Al fin y al cabo las princesas sólo cumplen un rol pasivo, a la espera de un príncipe, pero Medusa aún con la cabeza cortada siguió convirtiendo en roca a quién osará mirarla.





